La mitología nace en el instante en que el ser humano mira a su alrededor y comienza a poner nombre a las cosas y a creer que su suerte, y su destino, están condicionados por esos fenómenos (el sol, la luna, las tormentas…) a los que otorga vida propia y por los que se siente dominado.
La mitología vasca tuvo el mismo origen. Desde entonces, desde los tiempos de la prehistoria, nuestra particular mitología ha ido experimentando una serie de fases que la han condicionado y transformado hasta llegar a ser lo que conocemos hoy en día.
José Miguel de Barandiarán (de obligada referencia al tratar de la cultura vasca), divide los mitos vascos en tres categorías: los que representan objetos y hechos de la naturaleza; los que se refieren a obras humanas, como el cultivo del trigo o la aparición de los ferrones; y los que son fruto de creaciones subjetivas, como el alma o la sombra de los antepasados.

Creencias paganas
Antes de presentar a algunos de los elementos más significativos de la mitología vasca, conviene precisar que no estamos hablando de algo lejano, de viejas fábulas, sino de unas creencias paganas férreamente entrelazadas con el cristianismo, que hasta hace muy pocos años formaban parte de la vida cotidiana de nuestras gentes y que en algunas zonas rurales de Euskal Herria aún perviven.
Como nos dice el bueno de don Lorenzo en las viñetas del cómic, hasta los fieles más creyentes combinaban de forma totalmente natural la fe cristiana con la creencia en seres mitológicos. Un preciso y precioso ejemplo de ello lo tenemos en el Santuario de San Miguel de Aralar.
Este Santo fue el que, según la leyenda, cortó la cabeza a Erensuge (genio en forma de terrible serpiente), por lo que allí mismo se levantó la iglesia, sobre la mismísima entrada de la cueva en la que habitaba Erensuge. Pues bien, por el ventanuco que todavía existe en la parte derecha del altar de la capilla interior, y que según la tradición conduce a lo más hondo de la caverna, los fieles introducen la cabeza, al tiempo que rezan el credo, para curar los dolores de cabeza
Mari
De todos los genios existentes en la mitología vasca, el más popular es Mari. Como la mayoría de ellos, es de sexo femenino. Mari habita en el interior de la Tierra y se comunica con el exterior a través de pasadizos y de grutas, por los que sale con relativa frecuencia. Algunas de sus moradas predilectas son la cueva de Balzola, en Dima; la de Supelegor, en el macizo del Gorbea; la de Agamunda en Atáun y la de Murumendi, en Beasain. Sus estancias están adornadas de oro y piedras preciosas, asegurándose en Zegama que en la gruta de Aketegi Mari duerme en camas de oro.
Una costumbre de Mari es cambiar de lugar de residencia cada cierto tiempo. Según dicen en Mañaria, lo hace cada siete años, en los que alterna los montes Anboto, Oiz y Mugarra. Por su parte, en Amezketa dan por hecho que Mari prefiere como moradas las sierras de Aralar, Aizkorri y Murumendi. En una y otra mudanza, así como en sus viajes espontáneos, Mari elige diferentes maneras para surcar el cielo. Para sobrevolar Amezketa se sube a un carro tirado por cuatro caballos, aunque su predilección parece ser revestirse de fuego y adoptar formas variadas, como por ejemplo la de hoz, globo o mujer. El repertorio de representaciones es mayor cuando simplemente se sienta a la entrada de las cuevas. En esos casos se la ha visto convertida en una señora montada sobre un carnero, en mujer con pies de ave o de cabra, en cuervo o buitre, en nube blanca e incluso en árbol.
Temor y respeto
En el caso de Mari, su nombre se aplica en el sentido de “señora”, y generalmente va acompañado de la montaña o de la cueva que en ese momento ocupa. A Mari se la teme y se la respeta; lo primero por su temperamento impetuoso, su poder y su afición a provocar tempestades; y lo segundo por su inclinación a conceder favores a quien se ve en un apuro, así como por su sentido de la justicia y de la moral, no admitiendo la mentira, el orgullo, el robo ni el abuso, vicios que puede castigar de mil formas diferentes.
A esta divinidad, la más carismática de nuestra mitología, se le atribuye cierta relación de pareja con otro gran personaje: Sugaar (Culebro o serpiente macho). Sugaar vuela por el cielo en medio de un ruido espeluznante y en Atáun su paso es tenido como presagio de tempestad. En la zona de Azkoitia se le llama Maju, y se le considera marido de Mari, con la que se encuentra todos los viernes.
Otro de los númenes más conocidos es Baxajaun, el señor de los bosques. Tiene figura humana, y a pesar de su formidable altura, de su espesa barba, de sus largos cabellos que le caen hasta la cintura y de su aspecto feroz, se le tiene en gran estima porque ahuyenta al lobo y avisa a los pastores de la llegada de las tormentas. En algunas comarcas se le cita como al primer agricultor, primer herrero y primer molinero, de quien aprendieron los humanos tales oficios.
Lamiak
Las Lamias son genios con figura de mujer, excepto las piernas, que pueden estar acabadas en pata de gallina, de cabra o en cola de pez. Son seres coquetos que pasan el día peinándose los cabellos con un peine de oro en lugares un tanto alejados, como castillos abandonados, entrada de altas cuevas o en las orillas apartadas de cualquier río. Su relación con los seres humanos es una especie de trueque, pues a quien le deja una ofrenda, las Lamias le ayudan en las tareas que aquel o aquella precisen, que a menudo suelen ser labores domésticas o del campo. En bastantes zonas se han conocido amoríos más o menos afortunados entre Lamias y apuestos mozos de los pueblos cercanos.
Inguma es uno de los genios más temidos, debido a su maldad. Aparece en las casas, siempre de noche, cuando sus habitantes ya están dormidos, y se dedica a apretarles la garganta, causándoles gran angustia. Las defensas contra las travesuras de este geniecillo son varias. En Ezpeleta y en Sara, por ejemplo, optan por fórmulas orales, recitando versos como:
“Inguma, no te temo.
A Dios y a Madre María
tomo por protectores.
En el cielo estrellas, en la tierra yerbas,
en la costa arenas.
Hasta no haberlas contado todas
no te me presentes.”
Otro método de prevención es buscar la ayuda dentro del mismo mundo de los mitos, invocando la protección de Gauargi, que, como su nombre indica, trae luz en la noche. Hablando de la noche, no podemos dejar de nombrar al poderoso Gaueko, su señor. Existe un refrán que dice: “El día para el de día; la noche para el de noche”. José Miguel de Barandiarán nos explica que “el de día” es el hombre y “el de noche” Gaueko, el cual no permite actividad fuera de las casas entre la medianoche y el canto del gallo, castigando especialmente a todos aquellos que presumen de no temer a la oscuridad y al silencio, es decir, a todo aquel que desprecia su tiempo y desafía su reinado.
Por toda Euskal Herria se cuentan leyendas que hablan de muchachas raptadas por Gaueko en escarmiento por salir de noche sin necesidad, desobedeciendo sus mandatos y burlándose de su poder.
Akerbeltz, el macho cabrío negro
Cuando a la mitología unimos la brujería hay un elemento que surge con voz propia: Akerbeltz, el macho cabrío negro. De él se ha dicho que presidía las reuniones de brujas y brujos, que recibía por parte de los congregados ofrendas de todo tipo, que era adorado como un dios y que en aquellas famosas noches de akelarre copulaba con cuantas mujeres, tanto jóvenes como mayores, le venía en gana. Sobra decir que todas estas barbaridades solamente estaban en la cabeza de muchos inquisidores, enfermos por su obsesión de ver al diablo en todo aquello que se salía del marco de sus reducidas miras. Para las gentes del común, Akerbeltz era un genio que habitaba las profundidades de la Tierra, sí, y capaz de desatar tempestades, pero también poseedor de cualidades beneficiosas para el ganado, por lo que en muchas casas se criaba un macho cabrío negro con el fin de que preservase de enfermedades al resto de animales.
Torto, o Tartalo, es una especie de cíclope extremadamente cruel, capaz de comerse cruda a la gente; los Galtxagorris, geniecillos diminutos de forma humana que ayudan a las personas a realizar sus trabajos; Beigorri y Zezengorri (vaca roja y toro rojo, respectivamente), son los encargados de vigilar las entradas de las cuevas. Sorguiñ es el nombre con que se conoce comúnmente a las brujas, aquellas ancianas feas y malvadas que todos relacionamos con los akelarres medievales, pero antes de ese tiempo concreto se llamaba Sorguiñ al genio nocturno que actuaba a las órdenes de Mari en el cobro de los diezmos, quitándoselo a las personas que mentían sobre sus riquezas o defraudaban para encubrirlas.
Elementos naturales
El pueblo vasco siempre ha sentido gran respeto y veneración por los elementos naturales. Lur, la Tierra, es la madre del Sol y de la Luna. En ella habitan las almas. Y también la mayoría de los genios. Al cielo se le conoce como Urtzi y, entre otras cosas, se le atribuyen las lluvias beneficiosas de la primavera. En el pico de Ereñusarre, peña situada entre los pueblos de Ereño, Arteaga y Kortezubi, se recogía esta lluvia para ser empleada en la curación de las enfermedades cutáneas.
A Eguski, el Sol, se le otorga identidad femenina, como se puede apreciar en la zona de Bergara, en donde se le despide en el ocaso con la frase: “Eguzki amandrea bodaia bere amangana…” (La abuela Sol va hacia su madre…), dando a entender que el Sol se retira al seno de la Tierra. Además de su virtud de espantar a los espíritus malignos que aprovechando la oscuridad de la noche ejercen su poder por el mundo, el sol es fuente de múltiples creencias y ritos, algunos de los cuales continúan en plena vigencia entre nosotros. Uno de ellos es la fiesta que se celebra por el solsticio de verano. Dice la tradición que el sol se despierta bailando en la mañana de San Juan, y es costumbre bañarse al amanecer en los ríos y lavarse con el rocío de los campos, para preservarse de enfermedades durante el resto del año.
En Gatika, en Larraun y en Baztan las jóvenes se lavan con agua la mañana de San Juan, se peinan y se cortan algo de su pelo para tener una hermosa cabellera. En Sara se lavan la cara en la fuente antes de que salga el sol, a fin de curar enfermedades de la piel y los dolores de cabeza. En Larrabetzu era costumbre que toda la familia, antes del alba, descansara un rato sobre el helecho segado y conducido a casa la víspera de San Juan.
San Juan
A la misma festividad corresponde la costumbre de encender fogatas la noche anterior al día de San Juan, y la de saltar sobre esas hogueras para no padecer enfermedades de la piel. En tiempos pasados, sobre todo en el ámbito rural, estos ritos tenían un carácter más sentido, pues no sólo vivían la fiesta, sino que el ritual escenificado en ella tenía objetivos concretos, como el de bailar toda la familia alrededor de las llamas, dejándolas siempre a su derecha, invocando oraciones conjuntamente, con la esperanza de prevenir a sus campos del ataque de plagas y de malos espíritus.
Al igual que la celebración del solsticio de verano, perdura la costumbre de colocar en la puerta principal de la casa la flor del cardo silvestre, la Eguzkilore (Flor del Sol). Como representante del Sol, la Eguzkilore impide la entrada de malos espíritus, de tempestades, de genios malos, de brujas y de enfermedades.
El culto que los vascos han profesado desde siempre al astro solar se refleja también en monumentos de su arte popular. Un claro exponente son las lápidas funerarias, como la que podemos admirar en el mismo pórtico de la iglesia de Santa María Magdalena de Arrigorriaga, junto al sarcófago de piedra. En bastantes de ellas es posible apreciar rosetones, círculos, figuras que representan al Sol y, en algunas ocasiones, también a la Luna.
A ésta se le llama Ilargi y al igual que sucedía con el sol se le da género femenino, se la trata de “Abuela” y se la considera hija de la Tierra. Todo lo que rodea a la luna va impregnado de un halo de magia, de ensoñación. En Ceráin saludan a la luna diciendo: “Illargi amandre santue, Jainkôk, bedeinkautzala; nere begi ederrak gaitzik ez deiola; ikusten duen guzîk ala esan deiola” (“Luna abuela santa, que Dios le bendiga; que mi ojo fascinante no le atraiga ningún mal; que cuantos la ven, de igual modo le hablen).
En ciertas poblaciones existía la costumbre de cenar en la calle, a la luz de la luna, sopas hechas con borona. Las fases de la luna eran, y siguen siendo según para qué cosas, tenidas en cuenta en muchas actividades de la vida cotidiana. El árbol cortado en cuarto creciente, y preferentemente en horas de marea baja, es un excelente combustible, al revés que si se corta en menguante, que da pocas calorías. Por el contrario, los árboles destinados a construir muebles o edificios deben ser cortados en cuarto menguante. También en menguante es aconsejable sembrar patata, trigo y maíz; lo mismo que cortar el pelo o las uñas, pues crecen más lentamente pero con más fuerza.
La casa
No podemos acabar esta exposición sin hacer una reseña, aunque sea breve, a un espacio sagrado para el pueblo vasco: la casa. Quien mejor define, una vez más, lo que Etxe, la casa, significa para el vasco, es José Miguel de Barandiarán: “Tierra y albergue, templo y cementerio, soporte material, símbolo y centro común de los miembros vivos y difuntos de una familia”.
n ese hogar, cuyo fin principal es que todos sus habitantes vivan en armonía y en comunión con los antepasados, todo tiene su sentido y todo rezuma tradición y simbología: el fuego del hogar, el laurel de la huerta, el hacha, la eguzkilore… Antes de la aparición del cristianismo, cada casa enterraba a sus muertos dentro de la misma y en ella se le hacían las pertinentes ofrendas, ofrendas que incluían la colocación de pan en la ventana de la cocina y una vela para que en la noche, en su viaje desde el más allá, les guiara y pudieran recogerlo sin perderse.
Hasta tal punto importaba la casa, que la ley 3ª del Título XVI del Fuero de Bizkaia estipula que ningún vizcaíno podía ser preso por deuda que no proviniese de delito, “ni ejecutada la casa de su morada”. Desgraciadamente, los sentimientos y el culto tradicionales por la casa, lo mismo que mucho de la esencia de nuestra mitología, se han perdido de manera vertiginosa en los últimos tiempos.
Misma divinidad, diferentes nombres
Como hemos comentado al principio, la mitología vasca que hoy conocemos es el resultado de sucesivas fases y de mezclas con otras creencias y otras culturas. Posee elementos propios y elementos adoptados de otras mitologías. Es peculiar, porque no responde a un prototipo único, sino que una misma divinidad puede recibir nombres diferentes dependiendo de las zonas e incluso adquirir comportamientos opuestos. Pero principalmente es un mundo precioso y fantástico, un mundo repleto de códigos y de magia, que hasta hace pocos años estaba muy presente en nuestras vidas.
Con toda seguridad, en más de una población de Euskal Herria quedarán todavía personas que continúen poniendo su hacha filo arriba a la entrada del caserío los días de tormenta, y pastores que, ante una sacudida de sus ovejas, se echen a dormir tranquilos porque Baxajaun anda cerca y vela por sus rebaños. Y, posiblemente, si ahora mismo les preguntáramos si creen en los diversos genios de nuestra mitología, responderían con una sonrisa y con la frase que desde antiguo se recomienda:
“Todos los seres que tienen nombre existen, pero no hay que decir que existen”.