A pesar del profundo apego que sienten por su tierra, los vascos nunca han dudado en buscarse un futuro lejos de ella cuando las circunstancias de la vida así se lo han exigido.Durante muchos siglos, esas circunstancias tuvieron un componente casi exclusivamente bélico. Ejemplo de ello son los vascos que, ya en tiempos anteriores al comienzo de nuestra era, integraban las legiones romanas que participaron en la invasión de las islas británicas.
Dando un salto en el tiempo hasta el siglo XIII, nos encontramos con linajes vascos, como los Haro, presentes al lado de los reyes castellanos en la toma de muchas plazas del Sur, arrebatadas a los musulmanes. Después, otras nobles familias se unirán a ellos: Guevaras, Rojas, Ayalas, Mendozas… Caballeros y soldados de estos señores serán los que comiencen la primera fase de repoblación, continuando en algunos casos la actividad bélica, cultivando la tierra en otros.
Aventureros
A partir del siglo XIV, a medida que la llamada Reconquista continúa su tortuoso avance, ciudades como Jaén, Córdoba y Sevilla, contemplan la llegada de otro tipo de gentes procedentes de las provincias vascas.Algunos son simples aventureros, vizcaínos y guipuzcoanos de espíritu inquieto que, atraídos por el riesgo y la soldada, se embarcan a la conquista de las islas Canarias. Otros, más pacíficos, son artesanos, decididos a establecerse en su nuevo lugar de residencia.
En Sevilla concretamente, en el año 1430, vivían 44 familias vascas, repartidas entre la capital y su comarca. Son toneleros, zapateros, carpinteros, perailes… Pero no faltan oficios de más categoría, como doctores en leyes o bachilleres en decretos y leyes. Ni tampoco comerciantes vascos, a los que en toda Europa se les conocía como “bizkainos”.
Para cuando las costas de Terranova fueron descubiertas, alrededor de 1497, los marineros vascos llevaban siglos cazando ballenas a todo lo largo de la cornisa cantábrica. Esa experiencia hizo que los preparativos para viajar hacia Terranova (bautizada por ellos como Ternua) no fueran especialmente complicados. Allí, en las nuevas aguas, se dedicaron a la captura y comercio de la ballena y del bacalao. Y establecieron grandes pesquerías, que más tarde se ampliarían a Islandia.
Seguimos en el mar…
Desde el primer momento en que Colón la dio a conocer al mundo, los vascos sintieron una especial fascinación por América. Hasta tal punto que, según afirman algunos historiadores, en el siglo XVI Bizkaia llegó a quedar despoblada de hombres.
Sea exagerada o no esta aseveración, lo cierto es que la presencia bizkaina tuvo que ser importante, pues a mediados de ese mismo siglo se fundó Nueva Vizcaya en un territorio al noroeste de México, siendo bautizada su capital con el nombre de Durango.
Desde la primera expedición al nuevo continente se cuentan por cientos los marineros vascos, a los que seguirían miles de soldados, funcionarios, sacerdotes y artesanos de la misma procedencia. La emigración a América fue siempre una salida segura para los hijos segundones, ya que éstos no podían heredar el caserío y quedarse a vivir en la misma casa en la que habían nacido.
También se contaban por miles los vascos que iban a América desde principios del siglo XVI en campañas de trabajo de varios meses, como los cazadores de ballenas que navegaban hasta Terranova y Labrador. Siglos después de la conquista, la emigración se debió a motivos políticos, más que a la aventura o a la ambición de los primeros tiempos. La Revolución Francesa en Iparralde, y más tarde la supresión de los Fueros tras las Guerras Carlistas para las provincias de este lado de los Pirineos, así como la posterior Guerra Civil del 36, fueron la causa de la marcha de miles de vascos a Argentina, Uruguay, México, los Estados Unidos...
Hijos de los caseríos
Después de la independencia de las colonias americanas la emigración no se detuvo, aunque ahora ya no eran funcionarios quienes viajaban a través del Atlántico, sino hijos de los caseríos que buscaban una oportunidad económica como labradores libres o pastores de grandes rebaños de animales en los espacios abiertos de las nuevas naciones del continente americano.
Muchos de los que, por una u otra razón, buscaron su futuro en América, acabaron allí sus días. Otros regresaron al cabo de un tiempo. Algunos lo hicieron acompañados de una buena fortuna. Volvieron a sus pueblos y ciudades, levantaron lujosas mansiones y, en bastantes casos, contribuyeron a la mejora de su localidad natal. Son los que popularmente eran conocidos como “indianos” y eran un auténtico mito para los jóvenes de los pueblos.
Era costumbre en ellos el traer consigo plantas y árboles exóticos, que adornaban los jardines de sus haciendas. Este parque en el que nos encontramos, el parque Barua, es un ejemplo vivo de ello. Si por un momento nos sentamos en uno de sus bancos y miramos en derredor, podremos sentir la presencia y el abrazo de estos seres vivos que un día, hace años, fueron transplantados a esta tierra por hombres y mujeres agradecidos, en recuerdo de aquella otra que tan generosamente los había acogido.
En la actualidad, son cientos de miles los hijos de vascos dispersos por el mundo, la mayoría descendientes de los que un día abandonaron Euskal Herria. En la distancia, las Euskal Etxeak (Casas Vascas) abiertas en un buen número de países, son el lugar de encuentro y de recuerdo de muchos de ellos.